¿Cómo narrar el viaje y describir
el río a lo largo del cual -otro río-
existe el viaje, de tal modo que resalte,
en el texto, aquella fase más recóndita
y duradera del evento, aquella donde
el evento, sin comienzo ni fin, nos
desafía, móvil e inmóvil?
el río a lo largo del cual -otro río-
existe el viaje, de tal modo que resalte,
en el texto, aquella fase más recóndita
y duradera del evento, aquella donde
el evento, sin comienzo ni fin, nos
desafía, móvil e inmóvil?
Osman Lins, Avalovara
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De alguna manera, probar que podíamos llevar a cabo ese viaje era probarnos que teníamos armas contra lo tenebroso, no solo en sus grandes manifestaciones como la que acababa de dejarnos tan frágiles, sino también en sus expresiones más solapadas, las banalidad de las obligaciones cotidianas, esos compromisos que no significan nada en sí mismos pero que en conjunto alejan cada vez más de ese centro donde cada uno espera vivir su vida. Recibimos la enfermedad de Julio como una advertencia. No vivir su vida en lo que tiene de más real es un crimen, no sólo con respecto a uno mismo, sino a los otros.
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Imaginad un viaje fluvial.
El barquero, de la naciente al estuario,
sigue el flujo de las aguas. ¿Ese viaje
comienza? ¿Termina? El barquero
encuentra que así es y así ve: y en
verdad hay una faz del viaje donde
el comienzo y el fin existe,
donde existe una lectura o ejecución
del viaje. Hay una faz del viaje donde
pasado y futuro son reales; y otra, no
menos real y más huidiza, donde el
viaje, el barco, el barquero, el río
y la extensión del río se confunden.
Los remos de la barca hienden
de una vez toda la longitud del río;
y el viajero para siempre y desde
siempre, inicia, realiza y concluye
el viaje, de tal modo que la partida
en la cabecera del río no antecede
a la llegada a su desembocadura.
Osman Lins, Avalovara
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Cosmonautas de la autopista, a la manera de los viajeros interplanetarios que observan de lejos el rápido envejecimiento de aquellos que siguen sometidos a las leyes del tiempo terrestre, ¿qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro, tren?
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Escribir. Pero tal vez no directamente: los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra. Como si su sentido, e incluso su forma, debieran recorrer un largo camino interior antes de encontrar su cohesión.
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Cuando llegué a lo alto del sendero, el perfume de un arbusto lleno de flores blancas fue como una voz diciéndome:¨Ves, esto ya no es el olor de la autopista, aquí se entra en otro mundo¨. Pero no se trataba de entrar sino de salir, y eso era a la vez el signo y la tentación: casi increíblemente, en este microcosmos cerrado que une a París con Marsella, en esta interminable sucesión de ochocientos kilómetros de alambrados, taludes, paredones, setos agresivos y otras murallas chinas de fabricación francesa, en este paradero prácticamente inicial, virginal de nuestro viaje, me encontré delante de un portón cerrado con cadena y candado pero ofreciendo a la vez y por razones que nunca comprenderé un pasaje que tenía algo de entrada a un laberinto, una incitación a franquearlo, a doblar un primer codo y luego un segundo que se abría a un sendero de tierra entre los cultivos del otro lado y al fondo la visión de una aldea a menos de un kilómetro.
Tan claro, tan grosero casi. Una vez más, la Tentación. Ni árbol ni serpiente ni manzana, pero la invitación a franquear el pasaje y violar, sin que nadie lo supiera, la regla del juego, por nada, por el placer de avanzar diez o veinte metros y volver a nuestro territorio. Por joder, como dicen los jodones. Para no decírselo a Carol, por ejemplo, guardarme para mí esa transgresión como nos guardamos casi todas. O decírselo para ver. Sí, era un signo, pero a diferencia del Tarot, un signo invitándome a ejercer mi libertad.
Mientras volvía (¿la ejercí en un sentido o en otro? Decida usted), pensé una vez más en tanto que homo ludens, me sentí como agradecido de no haber cambiado, casi al final de la vida, en ese plano que tantos otros sustituyen por la seriedad o las acciones al portador. Me acordé de los juegos a los ocho, a los diez años: esto se puede, esto no se puede, sin explicaciones ni reflexión, el tiempo de los barriletes empezaba en tal mes y nadie, en los potreros de Banfield, mi pueblo de infancia, hubiera pensado en remontar el suyo antes de esa fecha inicial que tampoco nadie conocido había fijado, antes o después de ese período que se abría y cerraba en obediencia a una tradición ignota. Me acordé de las reglas de la rayuela, de la mancha, de la bolita, y el ingreso paulatino en otras reglas que me iban encerrando en el mundo de los mayores las del ludo, las damas, el ajedrez: No-se-puede-enrocar-estando-en-jaque, pieza-tocada-pieza-jugada, todo estatuido, fatal y perfecto como dos y dos son cuatro o las campañas libertadoras del general San Martín. Así como hoy, y los otros 32 hoy que nos faltan, no-se puede-salir-de-la-autopista.
Oh sí, era un buen signo, me ha hecho bien encontrármelo como envuelto en el perfume del arbusto de flores blancas. Gerontología de verdad, sentir de nuevo ¨que veinte años no es nada¨, y muchos más de veinte, compadre.
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Escribir. Pero tal vez no directamente: los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra. Como si su sentido, e incluso su forma, debieran recorrer un largo camino interior antes de encontrar su cohesión.
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Cuando llegué a lo alto del sendero, el perfume de un arbusto lleno de flores blancas fue como una voz diciéndome:¨Ves, esto ya no es el olor de la autopista, aquí se entra en otro mundo¨. Pero no se trataba de entrar sino de salir, y eso era a la vez el signo y la tentación: casi increíblemente, en este microcosmos cerrado que une a París con Marsella, en esta interminable sucesión de ochocientos kilómetros de alambrados, taludes, paredones, setos agresivos y otras murallas chinas de fabricación francesa, en este paradero prácticamente inicial, virginal de nuestro viaje, me encontré delante de un portón cerrado con cadena y candado pero ofreciendo a la vez y por razones que nunca comprenderé un pasaje que tenía algo de entrada a un laberinto, una incitación a franquearlo, a doblar un primer codo y luego un segundo que se abría a un sendero de tierra entre los cultivos del otro lado y al fondo la visión de una aldea a menos de un kilómetro.
Tan claro, tan grosero casi. Una vez más, la Tentación. Ni árbol ni serpiente ni manzana, pero la invitación a franquear el pasaje y violar, sin que nadie lo supiera, la regla del juego, por nada, por el placer de avanzar diez o veinte metros y volver a nuestro territorio. Por joder, como dicen los jodones. Para no decírselo a Carol, por ejemplo, guardarme para mí esa transgresión como nos guardamos casi todas. O decírselo para ver. Sí, era un signo, pero a diferencia del Tarot, un signo invitándome a ejercer mi libertad.
Mientras volvía (¿la ejercí en un sentido o en otro? Decida usted), pensé una vez más en tanto que homo ludens, me sentí como agradecido de no haber cambiado, casi al final de la vida, en ese plano que tantos otros sustituyen por la seriedad o las acciones al portador. Me acordé de los juegos a los ocho, a los diez años: esto se puede, esto no se puede, sin explicaciones ni reflexión, el tiempo de los barriletes empezaba en tal mes y nadie, en los potreros de Banfield, mi pueblo de infancia, hubiera pensado en remontar el suyo antes de esa fecha inicial que tampoco nadie conocido había fijado, antes o después de ese período que se abría y cerraba en obediencia a una tradición ignota. Me acordé de las reglas de la rayuela, de la mancha, de la bolita, y el ingreso paulatino en otras reglas que me iban encerrando en el mundo de los mayores las del ludo, las damas, el ajedrez: No-se-puede-enrocar-estando-en-jaque, pieza-tocada-pieza-jugada, todo estatuido, fatal y perfecto como dos y dos son cuatro o las campañas libertadoras del general San Martín. Así como hoy, y los otros 32 hoy que nos faltan, no-se puede-salir-de-la-autopista.
Oh sí, era un buen signo, me ha hecho bien encontrármelo como envuelto en el perfume del arbusto de flores blancas. Gerontología de verdad, sentir de nuevo ¨que veinte años no es nada¨, y muchos más de veinte, compadre.
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